Historia de miedo de La Lola

En las noches heladas de Farellones, el tío Toño nos advertía de la Lola, la mujer vestida de blanco que bajaba esquiando entre las sombras… y con un ‘chaaaassss’ podía cortarte la cabeza. Entre sustos, risas y el recuerdo de cómo nuestros viejos levantaron el refugio piedra por piedra, nació una historia que todavía nos une.

¿Quién no escuchó alguna vez la historia de miedo de la Lola? Esa mujer vestida de blanco que, según el tío Toño, aparecía en las noches a esquiar silenciosa por las laderas. Y si tenías la mala suerte de cruzarte en su camino, ¡“chaaaaassss!” te cortaba la cabeza con los esquíes. Era el cuento perfecto para que los más chicos —y varios grandes también— no se atrevieran a salir en plena noche, y se quedaran bien encerrados dentro del refugio, alrededor de la chimenea. No faltaba el valiente que hacía el amago de abrir la puerta, pero bastaba con que alguien dijera “¡Ahí viene la Lola!” para que todos pegaran el portazo y se escondieran bajo las frazadas.

Pero la magia del refugio no empezó con esas noches de historias y sustos. Mucho antes, cuando recién habían recibido el terreno donado en Farellones, la cosa era bien distinta. Los socios subieron con pala y chuzo en mano a abrir el hoyo de los cimientos. Y claro, con puro entusiasmo no alcanzaba: después de dos días de esfuerzo y sudor, apenas habían movido menos de medio metro cúbico. Imagínense la frustración. Al final, hubo que recurrir a los maestros de la zona, hombres curtidos por la montaña, que en un par de días dejaron el terreno listo para que empezara la construcción.

Así nació el primer refugio. Nada de lujos: la cocina, el living-comedor de piedra, un dormitorio con dos camarotes triples y un baño, con ese calor humano que solo se da cuando las cosas se hacen en conjunto. Cada piedra puesta, cada aporte y cada esfuerzo venía de este grupo de amigos y sus familias.

Por eso hoy, cuando miramos nuestro refugio, no vemos solo paredes o un techo donde guarecernos de la nieve. Vemos la unión de nuestros viejos, la garra y el cariño que le pusieron desde el primer día. Vemos un legado que se mantiene vivo cada vez que recordamos historias como la de la Lola y la Cutufa (se las contaremos después), o cuando nos juntamos a compartir un fin de semana en la montaña. Y ahí está la enseñanza: no llegamos y encontramos un refugio hecho, lo construyeron ellos, con sus propias manos. A nosotros nos toca cuidarlo, usarlo y, sobre todo, seguir contándonos estas historias que hacen que el refugio sea mucho más que un lugar: sea parte de nuestra historia.

Historia de: Javier Carramiñana
Tío Toño: Antonio Benbenuto Herrera

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