Lucy Steinberg, señora de Boris Kraizel Loy, terminó sus días rodeada de gatos. Cuando falleció, entre nietos y amigos repartimos sus felinos como si fueran un legado vivo. A nosotros nos tocó la Coty: gordita, cariñosa, amante de las siestas eternas y con un maullido tan suave que parece un susurro. Siempre pensé que esa panza generosa escondía un tesoro invisible, como si la abuelita Lucy hubiese dejado dentro de ella una joya de gratitud para quienes cuidáramos de sus gatos cuando ella ya no estuviera.
Vivir en una casa rodeada de parcelas en La Reina tiene ventajas: aire limpio, calma absoluta y noches en silencio. Demasiado silencio, a veces. Porque basta acostumbrarse para que algo lo rompa.
Anoche, en mitad de un sueño profundo, un ruido me arrancó de la cama. No era la madera crujiendo ni el viento contra los ventanales. Era algo distinto, algo vivo.
Encendí la linterna del velador y vi a la Coty, inmóvil, fija en un punto bajo la cama. Me agaché con cuidado y apunté. Dos ojitos brillantes me devolvieron la mirada.
—¡Ah, con que tenemos visita!
Un ratón. Pequeño, pero descarado.
En esta casa existe un protocolo: la gata joven, flaca y cazadora oficial, se encarga de esas misiones. Pero, para mi sorpresa, esta vez la gordita dormilona había tomado el turno.

Mi señora, al ver la escena, no esperó el final. Agarró su almohada y se fue a dormir con uno de los niños, dejándome a mí solo con la gata y el ratón.
Yo, armado con una escoba, intentando desalojar al intruso. La cama enorme, el ratón atrincherado y la gata lista para interceptar. Nada funcionaba.
Al final me rendí: cerré la pieza, abrí el ventanal y me acosté de nuevo, confiando en que el visitante entendiera la indirecta y se marchara solo. Y así, me dormí con un ratón bajo la cama.
La revancha de los humanos
Al amanecer, con los niños listos para el colegio, les conté la historia. Mi hija se subió a la cama de un salto y no bajó más. El mayor, de 13 años, quiso enfrentarse al intruso.
Nos tiramos al suelo, apuntamos con la linterna… y ahí seguía, fresco como lechuga. La gata, mientras tanto, se había ido a desayunar. Éramos solo humanos contra roedor.
Mi hijo tomó la escoba, respiró hondo y la lanzó bajo la cama.
¡PUM!
El ratón salió disparado hacia la terraza. Y entonces, la Coty reapareció como un jaguar sorprendentemente ágil. Lo persiguió, lo arrinconó, le lanzó zarpazos, lo atrapó entre sus patas… pero sin rematarlo.
El ratón, en un salto ninja, trepó la pared del balcón y desapareció.
—¿Cómo no lo agarraste? —le reclamé incrédulo.
Pero claro: la gata vieja nunca mata. Su tarea es perseguir, acorralar, demostrar que todavía puede. El golpe final lo da la joven.
Los niños se fueron felices al colegio, con una historia lista para contar en el recreo.
Y la Coty, la gata de la abuelita Lucy, aunque dejó escapar al ratón, se ganó su pedacito de jamón. Porque en el fondo, ella no es cazadora: es heredera de un legado.