Cuando el refugio era un sueño compartido

Los recuerdos de Emilia Kraizel, hija de Boris Kraizel y Lucy Steinberg, y de Andrea Koch, nieta de Antonio y Lucy Benvenuto, nos devuelven a los primeros años de Andeski, cuando el club era mucho más que un lugar de encuentro: era una obra colectiva levantada con esfuerzo, amistad y un profundo espíritu de camaradería.

Antes de que el refugio existiera como tal, ya existía algo igual de importante: una comunidad unida por un sueño común. Varias familias de los primeros socios se reunían con frecuencia para juntar fondos y hacer posible el proyecto. Una de las formas de hacerlo eran los recordados “malones”, organizados por turnos en las casas de las distintas parejas del club. Una pareja hacía el suyo, luego otra, y otra más, y así, entre encuentros, comidas y entusiasmo compartido, iban reuniendo dinero para financiar al club y avanzar en la construcción del refugio.

Pero el aporte no era sólo económico. También era concreto, físico, generoso. Andrea recuerda haber escuchado muchas veces, desde niña, que su nonno Antonio Benvenuto y su nonna Lucy Benvenuto subían en camioneta llevando piedras y materiales para la construcción. Esa imagen resume muy bien el espíritu de esos años: cada uno colaboraba con lo que podía, poniendo manos, tiempo, recursos y cariño en una obra que sentían propia.

Emilia recuerda también que, siendo muy pequeña, hacia 1955, subía con su padre a Farellones en un camión que salía a las 8 de la mañana desde Plaza Italia. El viaje era difícil: el camino tenía curvas complicadas y el camión apenas lograba tomarlas. Más adelante vendrían otros viajes, esta vez en el famoso Chevrolet rojo de su padre, para ir viendo los avances en la construcción del refugio.

Con el paso del tiempo, ese refugio soñado y construido entre muchos comenzó a llenarse de vida. Ya adolescente, entre 1960 y 1966 aproximadamente, Emilia recuerda que varias familias iban juntas al refugio, alojando cada una en una pieza, con camarotes de tres pisos. Estaban apretados, sí, y no había grandes comodidades. Se bañaban con agua fría y caminaban todos juntos a esquiar, padres e hijos, con los esquíes al hombro. Pero nada de eso importaba demasiado: el refugio, recién construido, les parecía un verdadero palacio.

Al volver del esquí, cerca de las cuatro de la tarde, llegaba otro momento inolvidable. Las familias de los socios se reunían en la terraza recién inaugurada para hacer asados a la parrilla, acompañados por grandes fuentes de ensalada de tomate con cebolla. Eran escenas simples, pero profundamente significativas: familias compartiendo, niños creciendo entre risas, amistades afianzándose y una forma de vivir el club que dejó una huella imborrable.

Lo que permanece en todos estos recuerdos es una misma sensación: Andeski fue levantado entre muchos, no sólo con materiales, sino también con generosidad, trabajo compartido y afecto. Con los años, varios de esos padres fundadores fueron partiendo, y la segunda y tercera generación comenzó a tomar la posta, haciéndose cargo del querido club y de su refugio, manteniendo viva una historia nacida del esfuerzo colectivo y del cariño por la montaña.

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