La verdad es que sabemos muy poco sobre la historia exacta de nuestro club. Muchas de las personas que lo fundaron ya no están, y quienes hoy formamos parte de Andeski somos, en gran parte, hijos, nietos e incluso bisnietos de esos primeros socios. Lo que conocemos son recuerdos fragmentados, anécdotas escuchadas cuando éramos niños, historias contadas en sobremesas familiares o comentarios que han ido pasando de generación en generación.
Yo mismo soy un “outsider”. Llegué a conocer este club después de casarme con la nieta de uno de sus primeros socios. Y aunque en estos años he logrado recopilar algunas historias, fotografías y recuerdos —principalmente gracias a la familia de Boris Kraizel Loy—, siento que todavía falta mucho por descubrir. Seguramente cada familia guarda una parte distinta de esta historia.
Por eso decidí hacer algo diferente.
En vez de esperar tener todos los datos exactos para escribir una historia “oficial”, quise intentar reconstruirla como un cuento. Una narración simple, hecha desde los recuerdos, la imaginación y los pocos datos que hemos podido reunir. La idea no es que este texto sea definitivo ni completamente exacto. Todo lo contrario: quisiera que sea un punto de partida para que entre todos podamos ir reconstruyendo la verdadera historia de Andeski Santiago.
Quizás al leerlo alguien recuerde una fecha, una anécdota, un nombre, una fotografía guardada en una caja antigua o una historia que escuchó de sus padres o abuelos. Ojalá este relato sirva para despertar esos recuerdos y, poco a poco, podamos completar juntos la memoria de este club y de las personas que hicieron posible este refugio en la montaña.
La historia de Andeski Santiago
(O al menos, como imaginamos que pudo haber comenzado)
Hace muchísimos años, probablemente durante la primera mitad del siglo XX, cinco personas se conocieron por alguna razón que hoy ya nadie recuerda con claridad.
Tal vez fue en una caminata por la cordillera.
Quizás en alguna salida organizada por otros clubes de montaña.
O puede haber sido compartiendo un café después de una larga excursión.
Lo que sí parece claro es que tenían algo en común: amaban la montaña.
Les gustaba caminar durante días entre cerros y nieve, subir cumbres, dormir en carpas y explorar rutas donde casi no existían caminos. En esos tiempos, el andinismo era muy distinto a lo que conocemos hoy. No existían vehículos cómodos, ropa técnica moderna ni carreteras asfaltadas hacia la cordillera. Subir a la montaña requería esfuerzo, paciencia y mucha pasión.
Estos amigos vivían en Santiago y compartían su afición con otros clubes de Chile. Existían grupos como Andeski Valparaíso y Andeski Talcahuano, pero con el tiempo nació una idea: ¿y si Santiago también tuviera su propio club?
Así comenzó Andeski Santiago.
Las expediciones a la cordillera central eran largas y agotadoras. Varias veces debían caminar durante días, cargando equipos y durmiendo en carpas bajo el frío de la montaña. Pero aun así, seguían subiendo una y otra vez.
Hasta que un día, probablemente conversando alrededor de una mesa o tomando café después de alguna salida, surgió una idea que debió parecer una verdadera locura para la época.
Ellos ya habían construido pequeños refugios de madera antes. Lugares simples, básicos, apenas mejores que una carpa. Pero esta vez soñaron algo distinto:
¿Y si construían un refugio de piedra?
No un simple cobertizo, sino una verdadera cabaña de montaña. Un lugar sólido y resistente. Con cocina. Con comedor. Con una sala donde descansar junto a una chimenea. Con piezas llenas de camarotes para dormir después de largas jornadas en la nieve.
Sería un pequeño lujo en medio de la cordillera.
Un lugar que permitiría quedarse más tiempo en la montaña, descansar mejor, compartir en familia o incluso pasar varios días esquiando sin tener que subir y bajar a Santiago el mismo día.
Y así comenzó una nueva aventura.
Primero consiguieron el terreno, el cual, según cuentan, fue entregado como donación. Después vino lo más difícil: construir el refugio.
En esos años no existían los caminos asfaltados que hoy llegan cómodamente hasta Farellones. Subir materiales era una tarea enorme. Los primeros sacos, herramientas y piedras fueron llevados a lomo de burros y mulas. Cada tabla, cada fierro y cada saco de cemento significaban horas de esfuerzo.
Poco a poco, el refugio comenzó a tomar forma.
Al principio era pequeño: un living-comedor, una cocina, un baño y una habitación con camarotes empotrados. Pero con los años fue creciendo. Se amplió el comedor, apareció una segunda pieza y el refugio fue mejorando gracias al trabajo y cariño de sus socios.
Las familias enteras colaboraban. Algunos subían materiales en camionetas y camiones. Otros ayudaban en la construcción. Todos aportaban de alguna manera.
Entre los socios estaba Boris Kraizel Loy, destacado andinista chileno y ex presidente de la Federación de Andinismo de Chile. Años después, cerca de 1967, Boris falleció. En honor a su historia y a su aporte al club, el refugio pasó a llevar su nombre.
Así nació el Refugio Boris Kraizel Loy de Andeski Santiago.
Y pasaron las décadas.
Por muchos años, las familias disfrutaron enormemente este lugar. Niños aprendieron a esquiar, generaciones completas conocieron la nieve gracias al refugio y cientos de recuerdos quedaron guardados entre esas paredes de piedra.
Pero el tiempo pasa para todos.
Los fundadores fueron envejeciendo y muchos ya no pudieron seguir subiendo a la montaña. Algunos fallecieron. Otros dejaron de ir. Las nuevas generaciones comenzaron a tener otras comodidades: departamentos en centros de ski, viajes más fáciles, hoteles o arriendos más cómodos.
Poco a poco, el refugio empezó a quedarse en silencio.
Por momentos pareció abandonado. Como si hubiese quedado detenido en otra época. Como si las historias de quienes lo construyeron comenzaran lentamente a desaparecer.
Pero la memoria de sus fundadores no podía perderse.
Y entonces ocurrió algo importante: sus hijos y nietos decidieron continuar el legado.
Decidieron recuperar el refugio, repararlo, organizar nuevamente el club y devolverle vida a este lugar que tantas historias había visto pasar.
Y eso es justamente lo que hemos intentado hacer durante estos últimos años.
Hace ya algunos años el club vuelve a tener directorio, organización y un sistema de arriendo que permite reunir fondos para mantener y mejorar el refugio poco a poco. Año tras año se realizan arreglos, mejoras y proyectos, siempre intentando conservar la esencia original que sus fundadores imaginaron hace tantas décadas atrás: la de un verdadero refugio de montaña.
Porque más que una construcción de piedra, este lugar es parte de la historia de muchas familias.
Y quizás esta historia recién está comenzando a ser contada.